Breve metáfora del ánimo

Aceleré el pasó conforme la lluvia arreciaba, al final logré encontrar refugio en un soportal oscuro, estrecho, casi oculto por las entradas de dos tiendas que colgaban la mercancía en la calle con la agresividad que acompaña a la oferta falsa. Allí por fin me eché a llorar. Tímidamente, con los ojos cerrados, notando como las lágrimas me abrasaban más las mejillas después del sofoco de la carrera anterior y el calor de aquel verano prolongado. Pasados los instantes de más dolor, abrí los ojos, pasó gente, oí sus gritos, pero yo seguí ahí, inerte, enrojecida en penas. La nariz cerrada por el llanto me atrajo a la realidad cuando yo ya volaba con la idea de acabar con todo, de descansar de ti para siempre, de hacerte daño con mi huida. 

Me calcé de nuevo mis zapatos rojos, bajé la mirada, miré mis manos sucias de tinta, apenas unos meses enlazadas a ti, ahora que te habías convertido en un extraño, alejadas de las tuyas. Sequé mi cara y el cuello con un pañuelo que encontré perdido en el bolso, carmín en los labios, salí hacia adelante. El chico arropado en una de las tiendas me silbó, hice el simulacro de detenerme para darle aliento o asustarle, igual me daba, luego continué despacio y desafiante, empapada en lluvia, con el corazón ya enterrado en aquel portal y la libertad enredada en mi alma.

 Saludos desde El Olimpo

 Afrodita Repipi

 

 

 

 

 

Rocío

Apagó el móvil casi con una mueca agria, lo miró con desprecio, solo que el desaire no se dirigía al objeto sino al mensaje del que era portador. Dio algunos pasos hacia la ventana, apoyó la cabeza en el cristal empapado en rocío, y allá se quedó mirando sin ver, abstraída en el revoltijo de sentimientos que no le permitían estar en paz.
Muchas veces se confunde amor con costumbre, y a esta con deber y ahora lo empezaba a descubrir. Que era curioso, que prefería que él la hubiera engañado, que eso, ya se lo había asegurado a él tantas veces en su intento banal de hacerla sentir celos, le daba igual. Lo que le molestaba, lo que le costaba llevar, era sentirle ridículo, empequeñecido, cobarde. Le partía el alma ser consciente que de admirarle había pasado a querer evitarle, que de tenerle siempre en sus pensamientos, a ni apetecerle nombrarle. Y ahora, tantos esfuerzos que hacía por recobrarle como fue, le parecían inútiles. Que cuando alguien te produce pena, es imposible que se le vuelva a respetar. Le cruzó la ruptura el pensamiento y sacudió la cabeza en una negación inútil.

Se apartó de la ventana con paso firme, se sentó frente al ordenador y empezó a buscar qué tenía pendiente, las lágrimas se las sorbió el orgullo, sus dedos se movieron torpes por el teclado hasta alcanzar el ritmo que la concentración imponía. 

Otro día más sin vida, ninguna historia que añadir a sus horas. Pasó página y la mentira, como sucede cuando se carece de ambición, continuó su destino. 

 Saludos desde El Olimpo

Afrodita Repipi

Matías

-Las cosas que tiene la vida … Cuando estaba todo mi ser programado para una etapa de tristeza, de nostalgia y llantos, lo normal, vaya, después de una ruptura…que hasta llevaba dos días con las uñas sin hacer… Cuando ya me arrastraba por la calle con gesto fúnebre, ¡zas!, aparece él: Matías. 

¡He sentido un flechazo en toda regla! Nos vimos, nos gustamos y ni lo hemos disimulado. Y además con compañeros, jefes y demás como testigos. Las mariposas no las tengo en el estómago, sino en el cerebro. Que mi jefe me mira con cara de pocos amigos, desconcertado, puntilloso, que si recuerda terminar tal, que si ya enviaste esto otro. Y yo que sí y que sí. Matías me ha generado tal hiperactividad laboral que voy echando tareas atascadas con una facilidad pasmosa. 

Llego a casa y me duermo pensando en su cara, en sus gestos, en cuando entrelaza sus brazos con los míos delante del ordenador y yo no me muevo ni un milímetro, que no quiero que la magia se pierda, que quiero -qué descarada estoy- que sepa que me gusta sentir su calor. Los cafés que nos tomamos furtivos, en los que me esboza su vida y me saca información sobre la mía. Luego a solas, lo pienso, debí hacerme la interesante, no ser tan clara… ¡Ay, pero no puedo!. Me escribe un email: “a las 9.10 un cafecito” (él es que no dice café, sino “cafesito“) y allá estoy yo, esplendorosa, perfumada, maquillaje retocado, batiendo las pestañas y ahogada en sonrisas en cuanto le veo echándome la leche y mis tres sacarinas, que en dos semanas que hace que nos conocemos ya se lo ha aprendido. Y luego se despide de mí, me reparte un beso escueto en la mejilla derecha y cierra los ojos enigmático…. Yo mientras vuelo al cuarto piso, con la risa tonta en la mirada. Buscando, como dice él, otra excusa para coincidir. 

Pero mi Matías se va de la oficina la semana que viene. Y no es que esté triste, la cordura aún no la he perdido, esta vorágine de emails clandestinos y “cafesitos“, mejor que acabe pronto si no quiero acabar con mis patitas en la calle. Pero me tiene en un sinvivir que aún no me haya pedido ni el número de teléfono, podría pedírselo yo, claro. De hecho es que quiero pedírselo YO. Pero no me atrevo a romper este romanticismo costumbrista y tópico que estamos viviendo. 

– Bueno, ¿ y si no te lo pide?.

– Acabaré con una puntita de decepción. Pero ¿sabes? Casi ni le conozco, no tengo planes, Matías es la espontaneidad, es volver a sentir quince años, algo que creía imposible. Me ha devuelto ilusión, ganas de vivir distintas y reconocerme como un ser con otras posibilidades.

– ¡Brindemos por los Matías del mundo!… Y no te olvides de contarnos el siguiente capítulo.

– Cuenta con ello [guiño].

Saludos emocionados desde El Olimpo

Afrodita Repipi

Confidencias

La miró con un desconcierto sin reserva cuando la chica le hizo un gesto grosero con la mano al colocarse el codón en la boca. Fueron solo unos vergonzosos instantes hasta que comprendió que la intención era fingir una burda –aunque aséptica- felación, se dirigió hacia ella con desgana disimulada, ya no había vuelta atrás. Lo que siguieron fueron aspavientos más producto de la estimulación animal, que del placer. Aun hoy en día le costaba reconocer que en aquel deslucido ambiente de burdel, descubrió aquello que suelen decir que es el alma, porque mientras la meretriz manipulaba con eficacia de obrera soviética la fábrica de su cuerpo, su esencia vagaba de la tristeza, al extraño olor a desinfectante, de la irritación por haber acabado allí, a la congoja por la sordidez del lugar. Veía su erección como impropia de él, el sudor de su frente imposible de controlar, su organismo ajeno a su voluntad.

Tan abruptamente como empezó, la chica paró en seco su letanía de vítores y alientos con acento foráneo. El silencio devolvió su ánima a la cápsula del cuerpo, se oyó a sí mismo preguntar un apocado “¿ya?”, la chica le sonrió, aunque no pareció entenderle bien, con un gesto casi masculino se sentó en un banco y se enfundó automotriz el traje de lycra y los tacones imposibles. Y él se levantó apresurado a vestirse, quería asearse un poco, pero ella ya le esperaba con la mano posada en el pomo.

Cuando volvió a la estridencia de las luces de neón y al rumor de la música del bar, se encontró con alguno de sus compañeros, que le palmearon la espalda con menos entusiasmo que a la entrada. Se preguntó si acaso ellos también estuvieran deseando iniciar la fuga del lugar. Su conciencia burguesa se resintió al rememorar que ni se había despedido de la chica que se esfumó al traspasar la puerta, y más aún cuando una vez en el coche, cayó en la cuenta que no podía ni recordar ya su cara.

Cómo llegó a relatarle a ella aquella noche su experiencia con la prostituta es algo que aún le sorprende. Tenía la exasperante virtud de arrancarle todos sus recuerdos, de diseccionarlos y luego devolvérselos desprovistos de carga. Así que cuando ella le respondió al final de su relato con un: “¿Sabes?, los años atemperan los nudos del alma”, la abrazó fuerte contra su pecho, le revolvió el pelo al separarla y le dijo: “Eres aún más repipi de lo que presumes”.

 Saludos desde El Olimpo

Afrodita Repipi  

LAS EDADES DEL DOLOR*

Leí en alguna parte, o quizá lo imaginé, la memoria lleva traicionándome toda la vida, una frase que venía a decir algo así como ”nunca pensé que la pena pudiera causar dolor físico”. Esta sentencia digna de folletín, esconde sin embargo el camino por el que, según me cuentan, parecen ir los científicos que estudian el dolor. A saber, y dicho llanamente, al cerebro le dan lo mismo las churras, que las merinas, e igual nos hace sentir dolor físico por tener hambre que a causa de que nos abandone el novio o la novia. Pues muy bien, éramos pocos y… la abuela y sus cositas.

Lo que no he llegado a leer nunca, tampoco lo he buscado, es la evolución temporal del dolor emocional. A tiernas edades, no creo que nadie se pare a pensar en ello, suficiente lidiar con la revolución hormonal. Pero cuando se alcanza cierta madurez ¡te duele todo! excepción hecha a los psicópatas a quienes, como todos deberíamos saber, no les duele nada, incluido ver recientemente cómo asesinan caricaturistas y policías en directo y quedarse como el que ve llover .

No sabría hacer realmente un ranking evolutivo de dolores, obvio que la muerte o enfermedad de un ser amado lideran la lista de sufrimientos. Pero no es a lo que me refiero, hablo de la congoja cotidiana, esa que a los cinco años puede hacerte sentir un dolor de estómago al separarte de tu madre por tener que ir a la escuela, yo aún lo recuerdo, me tenía que soltar de su mano en la puerta de la clase y mi universo se desplomaba; o ese tormento que a los quince te hacía incrementar los cráteres faciales, si veías precisamente a tu madre esperándote en la puerta del colegio. Contradicciones del ser humano.

Luego llegan dolores más enrevesados. Como la pérdida de prestigio, que me parece una de las aflicciones más absurdas que se pueden sentir porque el crédito se lo fabrica uno mismo, aunque he visto a mucha gente sufrir exageradamente por esta causa, llegando a experimentar desde depresiones, hasta envejecimiento prematuro. Otro ejemplo, la tortura que se siente por ser testigo impotente del dolor ajeno, este es un daño infinito, se sufre por un hijo…no lo puedo evitar, me viene a la mente esa canción de Víctor Manuel, La Madre, “…qué te puedo dar, que no me sufras, qué te puedo dar, que no te hundas…”, se sufre por la incertidumbre en tu país, creo que no hace falta mencionar ejemplos, se sufre cuando ves que la gente pierde oportunidades únicas para ser mejor, y hasta se experimenta dolor físico cuando se ven las noticias, y para ello no hace falta ser hipersensible, tan solo “ser”.

Y entre los dolores de andar por casa, priman otros atemporales, los que uno siente desde los cero hasta la edad que pierdes las entendederas. Hablo, por ejemplo, del suplicio que se siente al perder un amigo, yo lo padezco personalmente mucho más que perder a un amor, que de eso realmente se llega uno a recuperar. El extravío de un amigo es como una mutilación, porque un amigo es parte de ti, se va, se lleva su trozo. Y así te quedas, con un porcentaje menos de ti, rumiando penas que nunca sanan. Y también, ¿por qué no?, perder algo material, querer tus cosas es algo muy legítimo, no sé por qué tiene tan mala prensa, un objeto puede ir cargado de muchos recuerdos, o simbolizar la fuerza de la que crees careces. Lo pierdes o te lo hacen perder, y se te encoge el alma por miedo a quedarte sin el impulso que te daba o porque la memoria te retrotrae lo que aquel material desaparecido guardaba.

Ojalá se pudiera vivir sin dolor, pero no es así, es inevitable y sentirlo es nuestra obligación, por ridícula que pueda parecer esta aseveración. La sensibilidad ante la desventura propia o ajena, no nos hace débiles, porque del dolor nace la consciencia por la lucha, y hace escuela de la perseverancia en nuestra existencia. Cuando sientes dolor y lo mitigas, cuando lo vences… llega esa sensación indescriptible de sedación que, paradójico de nuevo, narcotiza tu ser y te hace sentir, sobre todo: VIVO.

Saludos desde El Olimpo

Afrodita Repipi

* Afronota: Inspirado por mi amigo Fran, ese tuareg de alma cristalina.

Basado en hechos reales

Entre las muchas mentiras que una va deshaciendo cuando alcanza cierta madurez, está la de la reiterada ñoñez con la que te describen la maternidad, que lejos de ser una experiencia  maravillosa, acabas descubriendo, cuando ya tienes esa personita en tus manos, que es una carrera de obstáculos, en el más amable de los casos. Hoy supe que una gran diosa espera su retoño, Pablo, esta primavera, y me sorprendí a mí misma soltando la misma verborrea falaz que me tocó oír en su día, como si se tratara de un obligado código secreto a mantener en pos a la supervivencia de la especie.

Cuando terminé la conversación con ella, me la imaginé contando patucos azules para conciliar el sueño y pensé: “inocente”. Y entonces, en lugar de regocijo, me invadió el miedo, porque una anduvo en las aguas salvajes de la ignorancia durante largos 9 meses hasta que “Churumbel” por arte de bisturí, apareció delante de mis ojos. Y ahora ando dando vueltas a cuántas otras mentiras acerca de ser mamá aún me falta por aclarar, y me viene a la memoria aquel 28 de febrero, domingo, con visita agónica a la farmacia, en busca del ansiado positivo, que yo ni necesitaba, dicho sea de paso, pero  quería guardar varias muestras como testigo químico del milagro de la vida.

Y pasaron en un plis-plas aquellos largos meses de ideas falsas, en los que compras todas las revistas y libros del mercado, en los que oyes por los ojos abiertos como platos a las madres experimentadas, en los que buscas en internet estupideces tales como escribir “Churumbel” en macedonio y en los que tu cerebro ha mutado en Tony Manero (véase vídeo adjunto), de lo chuleta que caminas por la vida.

Y llega el gran día, que lo es, y continúas en las nubes de ramos de flores y arrumacos. Hasta que finalmente, una vez solos en casa, empieza el torneo. Ese ser de 52 centímetros y 3.120 gramos, con un colgajo en el ombligo, te mira con desafío, porque sabe que ya te ha ganado la partida. Y tú le miras a él, meditando un ¿y ahora qué hago?. Se te enciende la bombilla, y te acuerdas de la revista para mamis fashion, de aquel artículo que hablaba del aroma zen a utilizar en el dormitorio del bebé, cuando… Cuando ya ha pasado una semana, tienes el pelo a lo afro (nunca mejor dicho) porque no te ha dado tiempo a secarlo nunca más, caminas encorvada porque amamantar DUELEEEE, DUELEEEE, DUELEEEE, la única camisa limpia que te quedaba está llena de churretones blancos y huele a leche agriada, las ojeras te llegan a la barbilla, porque “Churumbel”, duerme como un bendito todas las noches, pero te da por pensar en aquel manual para dormir al bebé que te regalaron, y crees que algo raro debe sucederle para dormir tanto, así que te pasas la noche asomando la nariz por los barrotes de la cuna, hasta que le oyes roncar, y vuelves a la cama donde también ronca el otro responsable del pequeño tirano. Y en el insomnio provocado por la orquesta de ronquidos, te preguntas dónde fue a parar tu vida, recuerdas las revistas colores pastel y te dan ganas de ir al jardín y formar una pira con todos los engaños que te inyectaron durante nueve meses. Y lanzas un grito de terror, porque el jardín está lleno de nieve, que no hay dos sin tres, la meteorología también te la juega, es diciembre y no hay hoguera posible que ahogue tu impotencia. Y el padre de la criatura, se despierta y es capaz de mirarte con deseo, el muy ingrato, y una de dos, o le apagas el ardor con ojos de odio, que a estas alturas no está el horno para bollos, o te echas a llorar con gran desconsuelo, de la emoción que te embarga al comprobar que aún hay alguien que te mire como una diosa, para variar, y no como una central lechera.

Y pasa el tiempo, y te sientes lo suficientemente segura para desafiar a la adversidad, y decides volver a esa famosa cafetería para pijos grunge en la que antes gastabais las tardes de sábado leyendo el periódico o viendo pasar las horas. Logras a trancas y barrancas aparcar el cochecito del bebé, y justo cuando vas a dar un sorbo a tu caramel macchiato, le oyes llorar, que no cunda el pánico, hambre no puede tener, que la productora de alimento fue previsora, estará mojadito…já…pues no, le abres el pañal, y entonces…jurarías que le has visto sonreír… justo en el preciso momento que sientes el calor de la orina en tus ojos.  Del respingo que das el caramel macchiato rueda pringando el sofá, otrora grunge ,los empleados y clientela pijos te miran con desaprobación, te alegras de que el pipí de “Churumbel” sirva para disimular las lágrimas que ya te corren la cara. Y ya te marchas compungida, pensando en la dirección de cualquier hospicio en el que abandonar a la semilla de Rosemary, que encima llora con desconsuelo, cuando aparece aquella bruja con delantal verde y logo de cafetería USA, exigiéndote de malos modos que calles a un bebé de pocos meses…y es entonces que has oído a alguien atacar por primera vez a tu “Churumbel”, cuando descubres que todo tu ser dejó el capullo de crisálida inmadura, para convertirte pura y simplemente en MADRE… (Y porque me consta que hay menores que me leen, omito relatar las causas que redujeron a aquella bruja al tamaño del gorgojo de la harina).

Mi diosa amiga embarazada, si me lees, espero que disculpes que te dijera que todo lo que te queda por vivir va a ser estupendo. Porque como te he descrito arriba, aunque dentro de la pura anécdota, no lo va a ser. Tener un hijo va a dividir tu vida en un dramático antes y después, pero sabes qué, yo, que aún me muevo en la ciénaga de la incertidumbre, he logrado llegar a una conclusión matemática sobre la maternidad y es que el amor inmenso que embarga tu corazón como madre siempre será infinitamente mayor a los sacrificios que tal condición te van a exigir. Disfruta pues, con los pies puestos en la tierra, y concédete de vez en cuando el lujo de soñar en ti misma vestida de colores pastel, correctamente peinada y aseada, mirando con dulzura a tu precioso Pablo que te agarra con fuerza el índice y te mira a los ojos, mientras piensa: “te quiero, mami”.

Saludos desde El Olimpo

Afrodita Repipi

Amanecer rosa

El freno del motor le hizo volver a la realidad, el conductor había murmurado algo que apenas entendió pese a que el hombre se había esforzado por usar su idioma desde que se subieron al jeep. Siguió autómata al resto de sus compañeros que ávidos de alguna acción, se habían ya apresurado por salir, y fue justo entonces cuando se obró el milagro en ella. Nunca le ha quedado claro si fue el súbito frescor de la mañana, el olor indescriptible a una naturaleza extraña o el panorama de aquel amanecer rosáceo de horizonte infinito. Pero el caso es que en aquel preciso instante, le perdonó, se acordó de él, miró su reloj y le imaginó volviendo a casa, desaliñado, embutido en su coche y enredado en el cotidiano atasco, con sus “no puedo” cobardes en la guantera y con sus “te quiero” forzados de copiloto. Y le embargó una pena infinita por él. El rencor se desvaneció de golpe, el nudo en su garganta se deshizo aquel amanecer salvaje: “ya no te quiero, Quico”, gritó. Su compañera la miró inquisitiva justo en el mismo momento que un rugido escondido resonó peligrosamente cercano, el grupo al galope volvió entre alaridos al interior del jeep, ella sin embargo regresó tranquila junto al guía, y se preguntó si acaso el hombre entendería el verdadero porqué de su semblante, cuando la miro a los ojos y le asintió cómplice con una sonrisa.

 Y aquel inesperado 14 de noviembre, el motor arrancó la vida de Esperanza de nuevo.

 Saludos desde El Olimpo

Afrodita Repipi

OSITO

Uno de los tópicos más recurrentes acerca de qué nos gusta a las féminas en un hombre es el de que éste sea malote (el vulgar cab….nazo, vaya). Para gustos, los colores, pero quien se decante por unos de ellos, que se pregunte por sus escasos niveles de autoestima primero.

Sin embargo, no es de esto de lo que quiero hablar, realmente éste es un merecido homenaje a un individuo que cumple fehacientemente con todo lo que las diosas buscan en un hombre. Hablemos de “el prototipo”. Que, sí, temblad chicas, ÉL existe y campa a sus anchas por El Olimpo.

El prototipo basa el secreto de su éxito en poseer y ofrecer de todo un poquito. Él no es un canalla, pero tiene su puntito de maldad, no es un santurrón, pero tiene su pizquita de ternura, no es un revoltoso, pero le gusta jugar. Si tienes la suerte de conocerle, sentirás que eres eso, afortunada, porque el prototipo, te hace sentir que él es como tú, si te gusta cotillear, te contará sus secretos, si te gusta contar tus cuitas, él te oye, si quieres consejo, él te los da con sinceridad, y si quieres reír, es exquisitamente divertido. Pero como decía, en pequeñitas dosis, que él no es un hombre de excesos.

ornitorrinco

La mascota de “el prototipo”.

A veces cuando le dejo me pregunto, por qué de “el prototipo”, de este seductor nato, no se llegaron a fabricar más modelos. En qué cabeza cabe que a las diosas nos gusten los groseros sin conversación o los eruditos que hacen bostezar. Si todos fueran como él, que no es sencillo, pero te hace sentir confortable, la vida en El Olimpo sería si no perfecta, armoniosa.

Sin embargo, conocer a “el prototipo” no está exento de riesgos. He sido testigo de cómo más de una diosa ha caído en la más que comprensible tentación de enamorarse de él, craso error, nuestro prototipo se debe a su público. Él no está vacante, siento desilusionar a quien se encuentre en estos momentos enviándome un mensaje de “PRESÉNTAMELO”, no seáis egoístas, queridas. El prototipo es para todas, para que nos acordemos que ser un encanto, es posible, y por qué no, para ellos, para que sepáis que las diosas no somos tan enrevesadas, que no queremos malotes que hagan la vida miserable, sino prototipos que te hagan sonreír, cuando vas a la cama y lees su “buenas noches, preciosa”.

No cambies nunca, Osito.

Besitos desde El Olimpo

Afrodita Repipi