2017

Debería haber comenzado el año dando brincos, lanzando vítores o al compás de danzas tribales, pero no hice nada de eso a pesar de lo mucho que necesitaba un cambio al dígito impar. El innombrable odioso año anterior consiguió incluso aplanar mi usual inquietud, así que entré en 2017 discretamente, y lo reconozco, con cierta turbación que me contuve expresar.

Y es que estuve a punto de morir el año pasado, como lo leen. Mis 4 repipi años de existencia estuvieron a punto de ser tirados por la borda por un quítame allá ese personaje, como si las confidencias compartidas, los debates protagonizados, los excesos de mi imaginación y, ¿por qué no reconocerlo?, alguna que otra mentirilla sin importancia, no hayan servido para nada. Adiós a mis Crónicas y a mi Olimpo… Me salvé gracias a un patatús de nostalgia, y aquí estoy, como ven.

Pero no, no tengo nada que agradecer al año anterior. No ocurrió nada bueno, no tengo un mínimo pensamiento condescendiente para con esa etapa, no hay un “lo pasé mal con tal, pero esto lo compensó”. ¡No!. Todo fue feo y fue mal. Odio ese año, tanto, que no me pienso molestar ni en escribirlo.

¿Qué va a pasar en 2017? No lo sé, pero tengo miedo, tengo mucho miedo. Estoy continuamente cercenando todas las ideas que me sobrevuelan y que implican un plan futuro, por si se tuerce y se enrosca mal. Y ya me lo han estado aconsejando, vivir así, sin ilusiones, no es sano. Pero las secuelas no se curan fácilmente cuando una ha visto el abismo tan cerca. Me gustaría ser tan ligerita de cascos como Doris Day con su “qué será, será / whatever will be, will be”, pero tendrían que hacerme nacer otra vez y modelarme a modo irresponsable. Por el momento, me conformo con ser una superviviente.

Ya os iré contando. 

Saludos desde El Olimpo,

Afrodita Repipi

 

 

 

Retos

Aspiraba involuntario el aroma que ella había dejado en la cama que compartían desde hacía casi dos décadas, cerró los ojos en vano intento por conciliar de nuevo el sueño. A lo lejos oía un incesante tamborileo de platos y vasos dispuestos para el desayuno, se irritó, siempre lo hacía al despertar. Estaba preparándose para encarar de nuevo un mal día, cuando decidió darse la vuelta en la cama, se cubrió la cara con la colcha y sin saber cómo sus recuerdos se depositaron en una playa, en los ojos de Mar enrojecidos por el salitre, su hombro a penas bronceado rozando con timidez el suyo. 

Regresó a su cama arrugada, al olor a café que ya se esparcía por su habitación, su alma jugaba indecisa entre el deseo por inundarse en los ojos de Mar o seguir la lógica rutina. Un poco más no haría daño, pensó. Y allí estaba él de nuevo, viéndola sonreír pletórica, sin razón alguna, agachando coqueta la cara, esperando una respuesta o quizá un beso.Volvió en sí, se incorporó, siguió el ritual: abrir ventanas, pasos descalzo, orina, ducha. Secó con la toalla el vaho adherido a los espejos, al contrario que el resto de las mañanas, esta vez sí miró su cara anegada en surcos y ese pelo ya tan escaso. Se preguntó con desazón cómo había llegado a aquel deterioro, si aún Mar también cerraría los ojos y le encontraría tal como fue en aquella playa. Si ella, como él, conservaba el recuerdo no contaminado en arrugas, preocupaciones y decepciones… de aquella tarde tumbados ambos en la arena, ajenos al mundo, ensimismados en felicidad.

Mar entró rotunda y desconsiderada al baño, pronunció unas palabras con su firmeza habitual, pero él, a caballo entre el salitre y la espuma de afeitar, no retuvo el mensaje, sino que descargó su esencia y se escuchó decir lloroso un “qué nos ha pasado”. 

Abandonaba ya ella la estancia, cuando se paró en seco al oírle. Se volvió y le miró con curiosidad, antes de contestarle:

Que ya no nos retamos.

 

Saludos desde El Olimpo.

Afrodita Repipi 

 

 

Carta

Si cuando pasen los años yo fuera aún capaz de recordarlo todo, no sería necesario que te escribiera esta carta. Pero me siento mayor, estoy cansada. A veces pierdo el interés por vivir, y con ello se me esfuman las ganas de darte una explicación. Pero no temas, aun con mi tono lúgubre a cuestas, créeme, este es un escrito alegre, como me pidió él. Cuando entiendas esto, ya tendrás edad para haber sufrido alguna frustración, para sentir angustia cuando la incertidumbre se hace acomodo en tu casa, y para soñar con huir a poco que cierres los ojos. Todo eso es lo que me ocurre a mí, cuando se me ciega la razón y me notas mohína, cuando egoísta, no soy capaz de conmoverme con con tu mirada azul y esa respiración queda de las mañanas.

Pero esta, te reitero, es una carta, alegre, porque te quiero dejar constancia futura de que aun con todo, mis grados de lucidez progresan, y que al sentirte cerca, con tu inocencia, tu sonrisa franca y el eco de tus preguntas, he comprendido tardíamente que, como me enseñaron, la felicidad existe, que también yo lo sé*. 

Saludos desde el lejano Olimpo,

Afrodita Repipi 

*inspirado en los tuits de @VKokoro 

Abril

Terminaba la tarde, y entre sorbos de aire enredamos la conversación hacia aquellas historias que se nos habían quedado a medio camino entre el alma y la razón. Bromeaba él,”que solo había leído a Goethe”, recobraba mi adusta postura yo, detallando nombres, circunstancias. Entre beso y beso, me hacía reír con sus parodias del desdichado Werther, le asombraba yo con la procacidad de Pármeno y Sempronio, los agravios a Doña Elvira y Doña Sol o el desafiante Zalacaín. 
Y la noche llegó, relatándole el beso de Pepita Jiménez al seminarista. Y él, que enredaba sus dedos en mi pelo, me pidió “cuéntame más”, y yo solícita, le recitaba: “¿Hacia qué hondón sombrío me convida,desplegada y astral, tu cabellera?¡Amor, amor, principio de la muerte!”.

La impertinencia del que vino a cobrar la consumición, paró en secó mi descripción de la amarga melodía de Seoane en el café de Doña Rosita. Él a su vez, le entregó una mirada airada con la furia de Alatriste, le admiré entusiasmada y allá nos fuimos aquella noche, de la mano…

Termina abril de ficciones. Que termine ya, que vuelva la realidad.  

 Saludos desde El Olimpo.

Afrodita Repipi

Solo para mí

Cuando llegué a casa, ellos me esperaban alborozados al grito de has visto qué raro el color del cielo. “Sí, se ve raro”, les mentí. Porque ellos no podían saber que después de un día gris de invierno, casi al anochecer, si el cielo adquirió ese color blanquecino y brillante, fue solo por mí.
Yo, que minutos antes trotaba en el autobús, como siempre: cabizbaja, rumiando, enumerando mis desgracias. Al pensar en lo único que me alienta a levantar por las mañanas, me acordé de pronto de él. Le relaté finalmente por qué ya no le hablaba. Le desbrocé mis culpas, mis vergüenzas, mis remordimientos. Y entonces pasó: el cielo se abrió, no cambió al azul o al rosa del final de la tarde, sino que se convirtió en un amanecer a deshora, en destellos plateados para remendar la angustia. 
Y si ahora les digo que aquel cielo fue por mí, dejarán de creer en divinidades, providencias o en las ciencias. No, no puedo aclarárselo.  

Pero aquello, ocurrió solo por mí.

Saludos desde El Olimpo,

Afrodita Repipi

Amor y Amor

M: Te confieso, aunque te sorprenda, que a veces gasto horas de mi vida comprobando si aún respiras.

J: Me sorprende el gasto estéril, no el motivo.

M: Si lo consideras estéril, es que no has amado nunca.

J: El amor es maravilloso, es júbilo, paz.

M: Te equivocas, el amor es una tortura.

J: Tú y yo nunca nos amaremos de acuerdo.

Feliz semana del Amor.

Saludos desde El Olimpo,

Afrodita Repipi

Evolución

Qué bonita aquella época, amor. Cuando salíamos los domingos a las diez de la mañana, aún con los ojos hinchados de sueño, a inyectarnos café y a esnifar periódico al “coffee shop” tan cercano a casa, oyendo la banda sonora del tráfico incesante, envueltos en el aire poluto que acompaña a los privilegiados que, como nosotros entonces, viven en el centro de la ciudad. Allí pasábamos las horas ausentes, fíjate que yo ni usaba reloj entonces, ¿para qué?, la hora de comer la marcaba la gazuza en el estómago, como la de irse a dormir el estruendo del mando a distancia al caerse del sofá al suelo.

Y tú, con tu pragmatismo habitual, me preguntas a qué vengo yo ahora a recordar domingos de hace más de un lustro. Pues no lo sé, jugarretas de la memoria. Me vinieron a la mente nuestros domingos de entonces precisamente cuando estabas buscando el saquito de papel para que yo pudiera hiperventilar a gusto, después de oírte entrar en casa al grito de “¡no encuentro a Churumbel por ningún lado!”.

No puedo evitar, que en los momentos de angustia, mi alma se eleve más allá de mi cuerpo y se pregunte qué hago yo aquí viviendo a miles de kilómetros de la ciudad, rodeada de una salubre campiña, perdida en muchos metros cuadrados, caminando en suelos de madera que no crujen al andar y arrojada a la ventana, no para ver cómo corren románticas las gotas de lluvia, sino para buscar desesperada una bicicleta roja que trota al pedaleo de una personita de 6 años que, si me ve ahora, desgarrada de miedo y a punto de pronunciar su nombre en alarido arrabalero, se avergonzará de mí y decidirá fingir que no soy su madre.

Y yo, créeme, no estaba aún preparada para esto, amor.

Saludos desde El Olimpo

Afrodita Repipi

 

 

 

El cumpleaños de Bea

No recuerdo cuándo fue la última vez que recibí una invitación para el cumple de una niña. Por eso, cuando Bea me invitó, decidí poner esmero:
A/ comprando el mejor regalo con suficiente anticipación.
B/ haciéndome asesorar por un experto en la materia.

 Para el adulto que no lo experimente a menudo, le aseguro que las jugueterías, pese al uso y abuso de PVC y demás materiales plásticos, aún conservan ese halo asombroso y mágico, que disparaba la imaginación (y la ansiedad) de cuando se era niño. Mi asesor me llevó directamente a la más popular de ellas, yo hubiera escogido otra, más…digamos “artesanal”, pero como indiqué, no quería fallar con el regalo y si él consideraba que allá estaba el de Bea, no lo iba a dudar . Llegamos pues, al edificio de cuatro plantas, en pleno centro olímpico, dividido por secciones, sótano: libros y juegos de mesa; entrada: disfraces, pizzería y chucherías; primera planta: niñas y bebés; segunda planta: niños. 

Por extraño que parezca, mi acompañante solo quiso detenerse diez escasos minutos en la planta que hubiera sido lógico estar (la primera) de las casi dos horitas que nos paseamos en tan fantástico lugar.¡Aburrido, aburrido!, fueron sus palabras en los dos segundos que me permitió oler la cabecita de un recién nacido de trapo. Empecé, no obstante, a dudar de sus cualidades como consejero, la cuarta vez que se lanzó por el tobogán de boca de dragón que une dos plantas, pero antes de echarle en cara sus aptitudes, me detuve a practicar mi deporte favorito: analizar.

 Las madres de niñOs, cuando compran ropa tienen siempre la misma queja, la poca variedad que para ellos ofrecen los fabricantes, en comparación a los metros cuadrados que cada tienda dedica a las nenas. Curiosamente, en materia juguetona la cuestión cambia, la industria considera a las féminas monotemáticas, monocromáticas y “monoescasitas” de miras. No es mi intención entrar en el debate de Barbie sí/ Barbie no. De hecho, me encanta esa miniatura de plástico cuasi perfecta, que por ende se ha sabido adaptar al paso de los años hasta saber reírse de sí misma (vean si no la serie animada “Life in the Dreamhousehttp://youtu.be/F0EN4IGnLWk ). Sin embargo, subir por las escaleras mecánicas y encontrar todo, absolutamente todo, forrado en rosa, choca. También sorprende que los juguetes diseñados para ellas, consistan básicamente en muñecas, eso sí, de todas posturas y funciones: el clásico bebé, la heroína Disney, vampiresas desfasadas, malas chicas, hadas, princesitas, muñecas matronas, muñecas asexuadas …. Y complementos, para ir de fiesta, un picnic, acompañar a Ken a la entrega de los premios Nobel, para cambiar los pañales o barrer el suelo. También hay carritos de la compra y “minicomiditas”, castillos principescos muy endebles y bustos con cara amable, preparados para maquillar … Poco más. 

En contraste, llegas a la sección de ELLOS y la cosa cambia, aviones y demás objetos voladores, coches, trenes, maquetas, deportes, juegos de explorador, figuritas de héroes y villanos, y un larguísimo y divertidísimo etcétera y ¡hey!, todo de mil colores. Ah, curioso, juguetes electrónicos, también en esa planta.

Por mucho que me divirtiera como una niña viendo y probando juguetes, mi cerebro adulto no pasa por alto, que al fin y al cabo, estaba en un negocio, donde nada es casual. Donde si lo visten todo de rosa a granel es porque saben que va a gustar, donde si colocan a Super Mario al lado de Darth Vader es porque saben que el pequeño visitante se moverá entre uno y otro (y querrá a ambos, faltaría más). Pero la demanda, también se crea. Y eso es lo preocupante.

No considero que se deba a razones deliberadamente conspirativas, sino a la simple dejadez del que diseña un juguete. Ir a lo seguro y vender más, punto. Me pregunto cómo serán las mujeres del futuro criadas en un rosa insufrible, repitiendo roles, que por contra, suelen ser rechazados por sus padres. Debe ser frustrante, querer criar a tu hija en valores de igualdad, de superación y esfuerzo, para que a la hora de jugar no se la estimule más que con lo arriba relatado. Ya sé que estoy generalizando, pero démosle la vuelta al asunto: ¿a alguien se le ocurriría regalar un muñeco bebé y pañales a un niño de seis años? ¿un balón de fútbol a una niña de la misma edad?. Seguro que no, ¿cuál es la razón, cuando hay las mismas posibilidades de  que en la edad adulta ambos cambien pañales o jueguen al fútbol (sí, las mujeres también lo hacen)?.

Qué ironía que ya desde pequeña, en cierto modo, te abran los ojos. Porque, féminas del mundo: podréis crecer como ellos, estudiar y formaos como ellos pero…cuando seáis adultas, trabajaréis 8 horas como ellos por un sueldo inferior, en casa, ellos como poco podrán relajar su mente, mientras vosotras cambiaréis tan solo de registro, para continuar dando el callo en vuestro hogar, que para eso recibistéis de niñas formación complementaria en cambios de pañal y planchado de ropa. Y ojo, no hay que quejarse, que hoy en día hay muchos hombres que colaboran en la casa como su esposa, pobrecitos ellos, qué sacrificio, encargados de lo que llevamos nosotras milenios haciendo.

 Asustada con tan malos auspicios sobre el futuro de Bea, salí yo también del antro rosa como alma que la lleva el diablo, para dar con la gratificante área de libros. Y allí sí, encontramos su regalo. ¿Dónde oí yo, aquella cancioncilla de “todo, todo, está en los libros”?. Pues ¡hala!.

 Saludos desde El Olimpo

 Afrodita Repipi  

A rey muerto

“Si hay más trabajo, buscamos una Laura por unos meses, y arreglado”. El hombre soluciona siempre así las quejas de sus subordinados a los picos de trabajo extra que sacuden a la sucursal de esa multinacional de tiempo en tiempo. Y lo cumple, que conste. Otra cosa es que su solución dé resultados. Laura fue una empleada permanentemente temporal -hasta que la ley lo consintió- que hace ya casi una década que no trabaja allí. Joven, “bien-titulada”, eficiente, discreta, carne de cañón para jefes como este hombre, de la hermandad de “a rey muerto, rey puesto”. De los que creen que cualquiera es sustituible, de los que cosificaron a la primera y siguientes Lauras, hasta hacer de ellas una categoría profesional más: auxiliar administrativo, Lauras, oficial administrativo … 
Hay por desgracia muchos individuos, como el sujeto anterior, que consideran que cualquier persona es reemplazable. Error, nadie es igual, es lo que hace a las personas, seres humanos, únicos, indefectibles, imborrables. Por mucho que a veces sea un consuelo, considerar que cambiar a las personas es tan sencillo como cambiar de coche, de móvil o de canal de televisión. Ni un amigo se puede permutar por otro, porque siempre habrá guiños del primero, que el falso sustituto nunca va a cubrir, ni un amante por otro, que hay caricias con denominación de origen, eso lo sabemos todos. 

En el lado opuesto, quienes quieren atribuir cualidades humanas a los objetos. Está bien encariñarse con algunas cosas, más bien por los recuerdos que evocan que por el elemento en sí. Realmente, tenerle aprecio a un pullover o a un simple llavero, es algo elogiable, en especial en una época en la que todo vale lo que dura una temporada, pero tampoco se pueden convertir en un lastre que nos impida avanzar, que es lo que ocurre cuando el objeto casi cobra vida propia, al alcanzar el rango de amuleto. Siempre me ha llamado mucho la atención, más que nada por verlo tan ajeno a mí, los niños pequeños prendidos a su inseparable muñequito y el drama (alentado por los padres) que se organiza cuando la piltrafilla en cuestión se rompe o desaparece. Supongo que algún psicólogo infantil tendría ganas de abofetearme en estos instantes ¡já!. 

Mitómana donde las haya, yo misma, hace tiempo que abandoné el barco de valorar las cosas como bienes insustituibles, supongo que es algo consustancial a ver el fin cerca y a desear aligerar el equipaje de cualquier traba adicional. Tampoco me aferro a las personas, que me urge suavizar el flete, pero eso sí, soy realistamente consciente de que nadie que haya pasado por mi vida ha relevado a otra, porque se puede cerrar la puerta, pero no suplir el significado de un pasado en común.  

Saludos desde El Olimpo 

Afrodita Repipi